Mi historia con la repostería no comenzó en un gran restaurant ni en una cocina profesional; comenzó en casa. Entre recetas compartidas, momentos alrededor de la mesa y personas que, sin imaginarlo, me enseñaron que cocinar también era una forma de entregar amor.
Con el tiempo entendí que esas enseñanzas habían dejado una huella mucho más profunda que una simple receta: me enseñaron que los detalles importan, que compartir un postre puede acercar corazones y que los recuerdos más felices casi siempre comienzan alrededor de una mesa.